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sábado, 25 de febrero de 2017

ADEMÁS DE MALINCHISTAS Y VALEMADRISTAS, IGNORANTES.

por Javier Oteka

Para preocuparse es que un amplio sector de los jóvenes mexicanos, por supina ignorancia, o acaso ingenuidad, defienda que en México se vea tanto cine gringo que invade en casi el 90% el tiempo de nuestras pantallas.

El primero de sus argumentos es que el cine nacional es muy malo; el segundo, que están a favor de la calidad sin importar de donde proceda, ya sea de Estados Unidos o de Timbuctú; y el tercer argumento es que el arte no debe tener fronteras, que por ningún motivo debe boicotearse el cine estadounidense.

En los tres puntos tienen razón. Sin embargo, en su análisis no consideran el hecho de que el cine no sólo es arte, sino industria y como tal ejerce una influencia y un poder fenomenales.

Es esta dimensión económica la que no terminan de entender. No logran captar que se trata de una guerra económica para invadir e imponer su ideología al mundo, al costo que sea, sobornando gobiernos y maiceando aliados locales que, como mercenarios, se suman a sus filas.

Los jóvenes no han analizado a fondo las tácticas que en esta guerra utilizan las 'majors' estadounidenses. Sin moral ni respeto, imponen su cine no sólo con la utilización de apabullantes recursos económicos, sino mediante prácticas monopólicas ilegales.

Por ejemplo, utilizan el dumping que es una práctica comercial que consiste en vender un producto por debajo de su precio normal, o incluso por debajo de su costo de producción, con el fin inmediato de ir eliminando las empresas competidoras y apoderarse finalmente del mercado. Esto se advierte al comparar el precio promedio del boleto en México que oscila entre 2 y 3 dólares, en tanto que en Estados Unidos está a casi 9 dólares.

Sin entrar en una enumeración exhaustiva de las malas prácticas de esa industria invasora y de los efectos perniciosos que produce, el hecho es que lo que están provocando es que nuestra industria de producción cinematográfica no pueda desarrollar su pleno potencial.

En su mayoría las buenas películas mexicanas —porque no todas son malas—, no encuentran cabida en las salas comerciales, ya sea porque las relegan las distribuidoras y los exhibidores, o porque el gobierno no apoya la promoción de las películas en cuya producción invierte millonarios recursos públicos. Su estrategia mercenaria es no privar a Estados Unidos de nuestro mercado nacional.

Boicotear al exceso de cine gringo es una opción por ningún motivo de tinte comunista o socialista, sino totalmente democrática, legítima y no violenta, de sentido común, que debió haberse aplicado desde hace muchos años en México.

Hoy, con el amenazante advenimiento de la era Trump, se abre una oportunidad única para que México actúe en defensa de lo que le corresponde.

En muchos sectores de la economía ya han surgido boicots contra la compra en México de productos estadounidenses. Incluso, en la frontera muchos mexicanos con lúcido y ejemplar patriotismo, que no patrioterismo, han dejado de ir a comprar al otro lado.

Pero en el cine no ha ocurrido lo mismo.

Si el cine mexicano, en gran medida, todavía no tiene la calidad que exige el público, cuando éste piensa en ir a las salas, si no hay en cartelera una mexicana aceptable, ¿por qué en vez de ir a pagar por una gringa chafa, no gasta su dinero en otro medio de entretenimiento? Puede ir al teatro, a un evento cultural, a leer un libro, a conversar y a tomar algo con la familia o los amigos, etc., etc.

El ideal de un mundo sin fronteras es justo eso, un ideal, muy bello por cierto. Pero mientras eso no es posible en la realidad, no nos queda otra más que defender nuestro territorio, nuestra cultura, nuestros valores, nuestro trabajo, haciendo respetar nuestros derechos.

Si hoy Trump nos pone un muro y nuevos impuestos comerciales, no podemos quedarnos de brazos cruzados. En cuanto al cine se refiere, debemos presionar y dejar de pagar por ver sus películas en nuestras salas; por lo menos reducir nuestro consumo al mínimo posible.

El efecto positivo que eso producirá, será que tanto las majors como los exhibidores apoyen nuestra industria y se generen más y mejores fuentes de trabajo en nuestro país. Asimismo, ello permitirá que se exhiban comercialmente más películas de otros países del mundo.


¡DIGAMOS NO AL EXCESO DE CINE GRINGO!


jueves, 26 de enero de 2017

EL TEMOR A PRODUCIR UN HUECO EN LAS SALAS DE CINE EN MÉXICO.

por Javier Oteka

Algunos dicen no entrarle al Boicot Contra el Exceso de Cine Gringo (http://boicotalcinegringo.blogspot.mx), porque no creen que haya suficiente cine mexicano para llenar el hueco.

Estoy convencido de que, aunque ese supuesto fuera verdad, en las circunstancias actuales es preferible que, durante un tiempo, se produzca ese supuesto hueco con tal de que el boicot logre presionar a los exhibidores mexicanos a que busquen alternativas para llenarlo.

Tendrían dos vías para hacerlo: con cine mexicano y con cine de otros países del mundo que, actualmente, casi no se exhibe salvo en la Cineteca y en algunos cineclubes.

En cuanto a la calidad actual del cine mexicano que mucha gente rechaza, en considerable medida, podría irse mejorando al abrirse esta oportunidad de "llenar el hueco" dejado por el boicot al exceso de películas gringas.

Y al verse presionados, los exhibidores tendrían que invertir en la producción de cine mexicano para ocupar el tiempo de sus pantallas, en vez de sacar sus capitales del país para abrirle más salas al cine gringo en el mundo. Eso lo tendrían que posponer para dar prioridad a "llenar el hueco" en las pantallas mexicanas.

Todo círculo vicioso, para romperse, hay que hacerlo desde algún punto. En el caso de nuestro cine en las circunstancias actuales, conviene que se rompa mediante el boicot al exceso de cine gringo. Las siguientes etapas se irán ordenando consecutivamente hasta equilibrar las condiciones para el desarrollo de nuestra industria.

Cuando los que se oponen al boicot dan sus razones, la motivación que destaca es de índole individualista y hedónica (de autoplacer en exceso). No están dispuestos a renunciar, ni siquiera temporalmente al placer que experimentan con las gringadas, para lo cual han sido condicionados a lo largo del tiempo. No consideran que es altamente urgente y positivo que se haga un sacrificio por el bien de nuestra industria nacional; no sólo en materia de cine, sino en tantos otros productos y servicios que nos mantienen dependientes a la economía estadounidense en perjuicio de la nuestra.

Tengo que insistir que el boicot no pretende eliminar al 100% el cine estadounidense. Por ejemplo, en Francia sólo participa con un 54%, en España con 36%, en Japón con 35%, en China y en la India con el 10%. Es intolerable que, por no producir un hueco temporal, se siga apoyando a un cine que ocupa el 90% del tiempo de nuestras pantallas.

No sólo el TLC le ofrece ventajas al cine estadounidense en México, sino que nuestra propia Ley Federal de Cinematografía promulgada en tiempos de Salinas de Gortari, rebajó al 10% el tiempo de pantalla que como mínimo deben destinar los exhibidores al cine mexicano. ¡Urge reformar esta ley y demás reglas!

Creo que, en el caso de los que se oponen al boicot, sería muy admirable que antepongan a su autosatisfacción, el sacrificio temporal de abstenerse de asistir al cine a ver películas estadounidenses. Por lo menos que bajen a la mitad su compra de esos boletos.

Hoy más que nunca, a México le urge que los individuos pospongan sus gustos en orden a dar prioridad al logro del bien común.

¡SOLIDARIDAD, MEXICANOS!




CINÉPOLIS Y CINEMEX SERÁN JUZGADOS POR TRAICIÓN A LA PATRIA SI NO LE PONEN FRENO AL EXCESO DE CINE ESTADOUNIDENSE.

martes, 8 de noviembre de 2016

LA INEFICAZ POLITICA PÚBLICA DEL CINE MEXICANO.

por Javier Oteka

¡DEMOLEDOR!

Nadie puede negar que China es una potencia en cinematografía. Produce 300 películas al año para 1,400 millones de habitantes.

México, en cambio, con sus 140 películas al año para 120 millones de habitantes, se obstina en mantener sobresaturada su oferta y no logra publicitar ni exhibir toda su producción.

Jorge Sánchez Sosa
Director General del IMCINE
MÉXICO PRODUCE 5.44 VECES MÁS PELÍCULAS POR HABITANTE QUE LA POTENCIA CHINA.

[Y 1.32 veces más que la industria estadounidense con poco menos de 500 películas por año para 325 millones de habitantes].

Esto ayuda a explicar la inviabilidad financiera e industrial de la producción de cine que el gobierno mexicano fomenta. Ha optado por la cantidad y el desperdicio, y no por la calidad. Su lógica se ha basado en el maiceo y no en el mercado. Su productividad y rentabilidad son escandalosamente bajas.

La verdad que Peña Nieto no se atrevió a
revelar en su 4° Informe de Gobierno

Y su lógica cultural ha fracasado, no ha sabido conectar con el público, sino sólo sobredimensionar el limitado impacto de contados reconocimientos de algunas élites festivaleras. Con todo y su enorme producción de 140 películas por año, y dada la penetración de la industria estadounidense, el análisis estadístico nos indica que los mexicanos van al cine a ver 1 película mexicana cada 7 años.

Una cantidad conveniente de películas largas (y de ligas mayores) para México, sería lograda por un justo medio entre la producción china y la estadounidense: alrededor de 52 películas por año, un promedio de un nuevo estreno a la semana, con un promedio de cinco semanas en cartelera cada uno.

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Muy recomendable:

http://www.jornada.unam.mx/2016/11/08/espectaculos/a09n1esp

sábado, 5 de noviembre de 2016

NARCOCINE Y NARCOSERIES: Gran parte del público ya no valora ni juzga como antes lo que los medios le presentan.

por Javier Oteka 

Hace muchos años, arriesgando que quienes no me conocían me catalogaran como drogadicto y me condenaran por mi precoz posicionamiento, me pronuncié a favor de la legalización de las drogas en nuestro país, y dejé muy claro que lo hacía desde dos perspectivas: la de la seguridad pública y la de la salud.

Tenía y tengo el convencimiento de que su supuesta prohibición propicia la colusión de autoridades con delincuencia organizada que deriva en un mercado negro para la creciente venta de droga y la creación de gigantescos capitales clandestinos que debilitan las posibilidades del Estado para tener el control del llamado monopolio de la violencia.

Y en cuanto a la salud, la legalización bien regulada no sería factor per sé de crecimiento de las adicciones, si el esquema de legalización no se abre a un libre mercado que hasta se le permita publicitar drogas y hábitos de consumo, sino que por el contrario se diseñan y transmiten acciones y campañas de prevención.

Recientemente, dos congresistas pusieron el foco de la atención mediática en los efectos negativos que está causando la transmisión de las llamadas narcoseries. Ello ha derivado en una polémica en la que los medios y los factores que participan en la producción de estas series, se oponen a esa posición, defendiendo que esas series sigan produciéndose y difundiéndose ya que sólo reflejan una realidad que ya existe. Y que oponerse a su producción y difusión, es contrario a la libertad de expresión. Este argumento lo esgrimen, sobre todo, quienes para defender los patrocinios que las industrias de la producción y de los medios reciben del crimen organizado, exigen una libertad de expresión absoluta, sin límites ni regulaciones.

Que los narcos tengan castigo dentro de la trama de las películas y las series, no logra que cierto público tema a las consecuencias que esos actos puedan ocasionarle. Al contrario, le generan mayor dosis de adrenalina, mayor atractivo al riesgo que se juegan, una dependencia como la que produce la ludopatía a los adictos al juego. 

En ese sentido, las narcoseries y el narcocine —con el multimillonario apoyo económico de los fideicomisos del Estado, sus incentivos fiscales vía EFICINE, así como los incontables recursos que lava la delincuencia organizada—, están contribuyendo a la degradación de la sociedad, ya sea que se ubiquen dentro o relativamente fuera de los límites de la apología del crimen.

Damián Alcázar y Joaquín Cosío (El Cochiloco)
en la película El Infierno, escrita, dirigida y
producida por Luis Estrada. Abajo, casi subliminalmente,
se publicita la marca FORD.
¿Cuántos narcos en potencia y los que ya están logrados, admiran las hazañas del Cochiloco y quisieran hacerse de una súper poderosa pick up Ford como la suya; cuántas damiselas lobukis aspiran a vivir como por ejemplo la Reyna del Sur, aunque dichos personajes padezcan violencia en sus vidas; cuántos jóvenes de ambos sexos quieren experimentar esa conexión con su naturaleza salvaje (como la de los porristas exacerbados en los estadios de fútbol), cuando una estudiante somete a su maestra, le troza el mechón de pelo y lo eleva como signo triunfal ante el colegio entero que le aplaude a rabiar?

Sean Penn, El Chapo Guzmán y Kate del Castillo.
Con respeto al trabajo histriónico que realizan actores y actrices, quisiera que se percaten, al igual que los escritores, directores, productores y medios, de que las formas de violencia y delito que representan, aunque existen en la realidad, en gran medida están contribuyendo a idealizar formas de vida marginales, caracterizadas por un justicierismo antisocial, por una reivindicación de la delincuencia que justifica su actuar dadas las reprobables conductas de las clases en el poder.

Y, por si eso fuera poco, con el tema musical [de Rosario Tijeras] están remachando la idea de que esta guerra actual hay que vivirla con el veterotestamentario dogma del "ojo por ojo, diente por diente".


Recomiendo revisar:

https://www.youtube.com/watch?v=KhGajLwxAdc


http://www.cronica.com.mx/notas/2016/993744.html
 


El enfoque de la revolución social que estas películas y series presentan, no es el de la lucha del bien contra el mal, sino de malos contra más malos que los hacen parecer buenos. Han perdido la óptica del sano juicio, en gran parte debido al falaz discursillo de que el melodrama, caracterizado en personajes que oponen el bien contra el mal, es un género trillado que no refleja la realidad, pues según dicen nadie es totalmente bueno ni totalmente malo. Eso es cierto, y el género melodramático lo sabe; por ello es clasificado entre los géneros no realistas, según lo explica la reconocidísima maestra de dramaturgia Luisa Josefina Hernández.

El que las personas en la realidad tengan ambas dimensiones, de bondad y de maldad, no significa que ello descalifique el juicio y la valoración ética y moral. Si la civilización no hubiera llegado a estos descubrimientos, seguiría en el estado salvaje, del ojo por ojo y diente por diente.

Hoy más que nunca es urgente rescatar el sentido de responsabilidad social, para lo cual es preciso reflexionar con profundidad y claridad las motivaciones que nos mueven. Si ya no queremos melodramas, no los hagamos, desarrollemos otros géneros; pero por ningún motivo hagamos apología del mal, del delito, de la violencia. No contribuyamos a confundir a la sociedad aún más.

Eso no significa que dejemos de presentar el mal, el delito, la violencia que existe, ¡no! Significa que los artistas, técnicos y productores debemos asumir nuestra responsabilidad social, lo cual requiere que la presentación de los conflictos no se preste a exacerbar las conductas antisociales y el mal en general, como si fuera bueno.

Viene a mi mente Gandhi. Él no permitió que el pueblo de la India se sometiera y aceptara la esclavitud. Lo animó a luchar para que ese estado de cosas terminara; pero no mediante la violencia, sino en virtud de la resistencia pacífica. Y demostró que esa actitud y conducta tiene más poder de cambio que la violencia.



Ojala los medios ayudaran a construir una sociedad con paz y con justicia.  





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LA APOLOGÍA DEL DELITO EN EL NARCOCINE Y EN LAS NARCOSERIES DEBE SER COMBATIDA CON AUDITORÍAS Y FUERTES SANCIONES A LOS MEDIOS, EJECUTIVOS Y PRODUCTORES QUE CON ELLO ESTÁN LAVANDO DINERO DE LA DELINCUENCIA Y CONTRIBUYENDO A LA EXTINCIÓN DEL ESTADO DE DERECHO.


La libertad de mercado no es absoluta, tiene y debe tener ciertas regulaciones que protejan el bien común; al igual que la libertad de expresión.

+ + +

[De hecho las tienen, por ejemplo las que define el artículo 6° de nuestra Constitución:

"La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito, o perturbe el orden público; el derecho de réplica será ejercido en los términos dispuestos por la ley... "

Y las que expresa nuestro Código Penal:

CAPÍTULO VII - Provocación de un Delito y Apología de éste o de algún Vicio y de la Omisión de impedir un Delito que atente contra el Libre Desarrollo de la Personalidad, la Dignidad Humana o la Integridad Física o Mental.

Artículo 208. Al que provoque públicamente a cometer un delito, o haga la apología de éste o de algún vicio, se le aplicarán de diez a ciento ochenta jornadas de trabajo en favor de la comunidad, si el delito no se ejecutare; en caso contrario se aplicará al provocador la sanción que le corresponda por su participación en el delito cometido.

Artículo 209. El que pudiendo hacerlo con su intervención inmediata y sin riesgo propio o ajeno, no impidiere la comisión de uno de los delitos contemplados en el Título VIII, Libro Segundo, de este Código, se le impondrá la pena de seis meses a dos años de prisión y de cincuenta a doscientos días multa.

Las mismas penas se impondrán a quien, pudiendo hacerlo, no acuda a la autoridad o a sus agentes para que impidan un delito de los contemplados en el párrafo anterior y de cuya próxima comisión tenga noticia].

+ + +

El actor Plutarco Haza, entrevistado por un periodista, acaba de utilizar el simil del espejo, queriendo decir que las narcoseries sólo son un reflejo de lo que ocurre en la sociedad. Yo sostengo que si bien son reflejo, también reproducen esa realidad y hasta la exacerban. Muchas de las situaciones y los personajes que presentan esas series y películas funcionan como provocadores de emulación. Gran cantidad de jóvenes, y hasta adultos, admiran a esos personajes, se convierten en ídolos a los cuales imitar, aun cuando padezcan parte de los efectos de la violencia que ellos mismos provocan. Se emula una clase de heroísmo sujeto al riesgo, a la adrenalina, cuyo comportamiento antisocial alcanza jugosas recompensas, aunque sean temporales.

Los inmensos intereses financieros, producto del delito, que los patrocinan, están contribuyendo a reproducir ideas y costumbres que son nocivas para la sociedad. Éste es uno de los casos donde la libertad de expresión y de mercado, deben tener un límite que es el bien general de la población.

Es lícito presentar al crimen -porque existe-, pero de ninguna manera hacer apología de él; mucho menos en los medios masivos y en la deteriorada situación que estamos viviendo.

Asimismo, deben ser investigados y sancionados conforme a Derecho los servidores públicos que, por acción u omisión, están facilitando este estado de cosas.

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EL JUNIOR SALINAS AFIRMA QUE ASÍ, COMO ROSARIO TIJERAS, DEBE SER LA NUEVA TV AZTECA. 

Duración del video: 1 min. 43 segs). 

SECUENCIA DEL PRIMER CAPÍTULO DE ROSARIO TIJERAS, TRANSMITIDO POR CANAL 13 (hoy 1.1) DE TV AZTECA, A LAS 21:00 HRS. DEL 31 DE OCTUBRE DE 2016, Y QUE EVIDENTEMENTE VIOLA LA LEY AL HACER APOLOGÍA DEL DELITO.




La incontrolable y enardecida turba de jóvenes aplaude el triunfo de Rosario, la heroína salvaje, cuando les presume el trofeo del mechón de pelo que con sus tijeras corta violentamente a su maestra.

La apología se complementa con la voz en off del joven protagonista que expresa su admiración al acto salvaje y confiesa que desde ese día no ha podido sacársela del corazón.

Pero, con su doble moral, la empresa de Ricardo Benjamín Salinas Pliego, transmite un spot en donde la propia Bárbara de Regil (Rosario Tijeras ), dice no a las drogas.



domingo, 23 de octubre de 2016

CON SUS TIANGUIS, LOS AZTECAS DEMOSTRARON QUE SABÍAN MÁS DE MERCADOTECNIA QUE LA MAYORÍA DE LOS MANTENIDOS CINEASTAS MEXICANOS DE HOY.

por Javier Oteka

Los antiguos pobladores de estas tierras, eran expertos en vender en sus tianguis los productos que ellos mismos producían.

Pero ac
tualmente, quienes hacen más negocio con el cine mexicano, no son los que lo producen, sino los piratas, callejeros y de tianguis, comandados por sus capos y autoridades que los protegen. Los productores y sus contrapartes coludidas del gobierno, sólo saben exprimirle a sus presupuestos tantos recursos públicos como les sea posible, para que después de abonar el riguroso moche, vayan construyendo su mal habida riqueza.

Los juniors Ripstein, sus socios también juniors despilfarradores de herencias de sus trabajadores ancestros judíos; los protegidos de Marina Stavenhagen (ex directora del Imcine sancionada por la Función Pública y autodefinida "con ideología pero sin religión") y su socio Jaime Romandía; entre otros notables, prefieren ir a Cannes a mendigar aplausos con aroma a queso pestilente, que conectar con el gran público y recuperar, por lo menos, los recursos públicos que el Estado graciosamente les concede.

Industriafóbicos, desprecian la mercadotecnia, se refugian en su egolatría, niegan satisfacer al público porque priorizan la autocomplacencia del proceso creativo. Como no es su dinero el que arriesgan, sino el de los contribuyentes, prefieren el disfrute y los espejitos festivaleros, que recuperar los recursos públicos para incrementar los fondos y así pueda apoyarse a más cineastas que no pertenecen a la casta divina.

El castigo o lección que les aplica el personaje de Gonzalo Vega a sus juniors en "Nosotros Los Nobles", sería poco para hacer reaccionar a esta bola de rémoras que, sin probada conciencia social, malgastan los escasos recursos del país.


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Tomado de la cultura popular wikipédica:

"Tianguis (del náhuatl tiānquiz(tli) 'mercado') es el mercado tradicional que ha existido en Mesoamérica desde la época prehispánica y que ha ido evolucionando en forma y contexto social a lo largo de los siglos. En otros países ha recibido diversos nombres, por ejemplo en España, particularmente en Andalucía, se lo conoce como zoco o mercadillo y en Estados Unidos adopta el nombre de flea market (mercado de pulgas); estos establecimientos se encuentran principalmente en los estados de Texas, Arizona, Nuevo México y California, aunque también los hay en otros estados. En Costa Rica se les conoce como "Tilicheras" (en desuso) o "mercado de pulgas", "remates", "ferias del agricultor" (si son alimentos), principalmente de discos o DVD piratas".

lunes, 10 de octubre de 2016

LO QUE ALFONSO CUARÓN QUISO DECIR Y NO SUPO TRANSMITIRLO EL PERIODISTA.

por Javier Oteka

Cuando estrenó 'Gravedad' en México, Alfonso Cuarón declaró a El Economista que la taquilla le parece perversa y no importa.


Sin embargo, la intención y enfoque con que lo dijo el cineasta, no supo explicarlo el periodista. Cuarón se refería al público en general y no a los realizadores de películas. Quería decir que los comunicadores no deberían orientar la opinión del público hacia una estimación mercantilista de las películas, para que las valoren en función de lo que dejan o no en la taquilla, sino por sus méritos o fallas intrínsecas.

Pero estoy convencido de que Cuarón no hablaba de que los hacedores de películas, dejemos de darle importancia a la dimensión económica e industrial del cine. Vaya, él mismo no podría producir sus filmes sin cuidar ese factor fundamental.

En México estamos plagados de maestros y críticos industriafóbicos, que han llegado al "iluminado" consenso de que el cine industrial o comercial, por sí mismo es malo, de menor grado estético que el "cine de arte", de una categoría que no llega a las alturas olímpicas de los cinéfilos cultos, cuyo canon es el que debe imponerse en los programas de formación del público.

Esa ideología reduccionista, heredada por añejos modelos estatistas, ha permeado y subsistido a tal grado de que la mayoría de los cineastas de hoy desprecian las técnicas y metodologías para que sus películas no sólo hagan un buen papel en la taquilla, sino que conecten con el público.

Un artista —cree la mayoría de ellos—, no debe enfocarse a la satisfacción del público, sino a la de sí mismo. La obra debe gustarle a él y qué importa lo demás... que el público se adapte y adopte un culto hacia él, aunque no lo comprenda ni vibre con él. Su necesidad expresiva —la del artista— es sagrada y debe encontrar cause en un espejo que le rinda adoración.

En el sistema que se ha generado, esta posibilidad ha quedado resuelta para quienes producen su cine al amparo de las instituciones del Estado, que han sido diseñadas para inflar esos egos que se ponen al servicio de la corrupción de la burocracia y de sus contrapartes privadas. Como se sabe, quien quiere ser financiado por esos recursos del Estado (la mayoría a fondo perdido), debe estar dispuesto al moche en cualesquiera de sus modalidades. Fuera de ese sistema, en México apenas va creándose una industria incipiente de producción, en gran medida independiente (*), que está aprendiendo a funcionar de acuerdo a los parámetros del mercado.

Podría afirmar que la mayoría de los egresados de las escuelas de cine y quienes ya son profesionales de la industria, son analfabetas mercadológicos. No saben concebir, crear y producir películas con la calidad necesaria para satisfacer al público y, consiguientemente, sustentar la consolidación de una industria generadora de empleos y bienestar.

En este subsector no se ha entendido aquel consejo milenario de que al pescador no hay que regalarle el pescado, sino enseñarlo a pescar... a gravitar, como bien podría enseñar Alfonso Cuarón.

(*) La mayor parte de esta industria "independiente", es la que depende de la infraestructura económica de las grandes televisoras, la que tiene acceso a los medios publicitarios.

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El fracaso en taquilla que ha derivado en un cine "invisible", como lo bautizó Paul Leduc en su discurso al recibir el Ariel de Oro de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, por supuesto no se debe únicamente al analfabetismo mercadológico de los formadores y hacedores de cine, sino a la estrategia perversa de las autoridades públicas que han fomentado, desde el legislativo y el ejecutivo, un sistema de maiceo para mantener domesticado al sector de producción, sin poner en riesgo el dominio que las empresas estadounidenses, y el duopolio mexicano de la exhibición, mantienen en nuestro país.