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lunes, 11 de julio de 2011

AL DIRECTOR DE CONSPIRATIO

QUERIDO TOCAYO:

Permíteme unas palabras algo duras, pero te aseguro que las escribo con amor y en libertad, con el riesgo de equivocarme, y con la intención de decírtelas en espíritu y en verdad.

Creo que si el movimiento se frenó, fue principalmente porque sofocaste o hizo catarsis en ti, tu grito inicial de indignación, el ¡ya basta, estamos hasta la madre!

Caíste en la misma trampa de lo que tan sabiamente has criticado; esto es, en la institucionalización de la rebeldía. Como el PRI que institucionalizó la revolución, o como la Iglesia que Constantino corrompió al asimilarla al Estado.

Algunos de tus pseudo asesores, como por ejemplo el mensajero del payaso Brozo, te llevaron a un supuesto diálogo, políticamente limitado, y a crear una institución que terminó llamándose comisión de seguimiento, sujeta a los modos y agendas de los funcionarios de gobierno.

Creo que una cosa es la violencia contra la que por supuesto estamos y, otra muy distinta, es la canalización de la natural agresividad humana que se requiere para transformar las acciones de la desobediencia en logros para el bien común.

En el artículo de Iván Illich que recientemente apareció en el monotemático número 12 de Conspiratio [y que dejó fuera las tradicionales secciones primera y última, acaso por considerarlas cizaña que corrompe al puro grano de trigo, o por no reconocerles la misma importancia], fascículo dedicado a la violencia de Estado, Illich explica muy claramente la diferencia entre la “pax oeconomica” y la “pax populi”. La primera, hoy ligada al Estado y a su estrategia de desarrollo, es a la que te han asimilado al aplacar tu indignación y colonizar las formas de tu consiguiente lenguaje, muy representativo del ethnos y el ethos mexicano, que Paz lo describió bastante bien al explicar el porqué los mexicanos somos, por un lado, hijos de la chingada y, por otro, hijos del gran chingón.

El corazón del tirano, en vez de ablandarse y entrar en empatía, se ha endurecido. Ha logrado posesionarse del gran chingón. Prueba de ello es, por ejemplo, el reciente desfile militar en Tamaulipas para exhibir un armamento similar al usado por el ejército norteamericano al invadir a Irak y Afganistán.


Me parece que formas tan “diplomáticas” y suaves de negociación, han dado un mensaje distorsionado, sobre todo al gobierno. Creen que te han domesticado. Una situación de emergencia nacional, como bien la definiste al principio, requería no haber bajado la guardia, ni dejarte intimidar para que desistieras en tu petición de exigir la renuncia de García Luna, que era sólo el reclamo de una pequeña-gran demostración de que el Presidente estaría dispuesto a someterse a la voluntad ciudadana.

El reto es cómo mantener la intensidad del ¡ya basta, estamos hasta la madre!, con actitudes y acciones de la no violencia activa. Hay situaciones en las que el Evangelio, tras una cachetada recibida, aconseja poner la otra mejilla. Pero, en otro contexto, no me imagino a Jesús abrazando a los mercaderes del templo y dialogando con ellos para ablandarles el corazón, ni haciendo lo mismo en aquella situación donde profirió contra aquella otra raza de víboras.

Calderón supo cómo empatizar contigo al hacerse acompañar de la primera dama [a quien tú respetas y has tratado con anterioridad, y a quien ha asesorado nuestro amigo Alberto Athié], así como al desviar tu agresividad, tu grito de estar hasta la madre, hacia esos obispos que definió como fariseos hipócritas, sepulcros blanqueados.


Pero todavía estás a tiempo de canalizar la agresiva indignación social y, a nombre de una buena porción de la ciudadanía, exigir resultados a muy corto plazo, así como otros a corto, mediano y largo plazos.

A estas alturas, por ejemplo, ya era como para que Calderón hubiera aprendido y exhibido a las contrapartes de los capos detenidos, pero que su gobierno sigue cobijando en su interior.

Mi corazón sigue contigo, querido tocayo, aunque quizá puedan resultarte incómodas y hasta dolorosas algunas de mis palabras, pero te repito que las he dicho con amor y libertad, en espíritu y en verdad, asumiendo el riesgo de equivocarme.

Javier Oteka